En la planta de tratamiento de isótopos, la seguridad no era el punto fuerte, nunca lo había sido, pues la inversión necesaria para llevarla a cabo superaba con creces el presupuesto destinado a esa partida. Desde su puesta en funcionamiento, inaugurada a bombo y platillo por el presidente Autonómico, y por el alcalde, orgulloso de haber conseguido para su pueblo tan alto honor, que conllevaría puestos de trabajo, riqueza y fama para la comarca, atrayendo curiosos y turistas ociosos, ciertas cosas extrañas venían sucediendo. ¿Cuan de extrañas? . Cosas como encontrar un ofidio, una culebra de escalera con dos cabezas ó aparecer algún que otro tomate de un kilo de peso, camadas de cachorros de perro que superaban la docena de crías y de las que tan solo sobrevivían la mitad, ó la escasez de cangrejos, que desde la instalación de aquella planta habían empezado a menguar en número de individuos, cosas raras que no pasaron desapercibidas por los lugareños, que inquietos y alterados empezaron una campaña de movilizaciones pidiendo explicaciones. Y dio resultado.
Inés, una comisionada del ejecutivo central llegó al pueblo con su equipo de científicos y burócratas para investigar y calmar, aplacar los ánimos exaltados de la población. Su trabajo no era fácil. Convencer a la gente de que aquella planta de tratamientos era inocua y sin el más mínimo atisbo de peligrosidad, iba a ser una ardua tarea, pero ese era su trabajo, aportar las pruebas necesarias para tranquilizar a todo el mundo, manipular incluso si fuese necesario esas pruebas, falseándolas, si encontrase un atisbo de riego, de exposición. Ella sabía donde estaba el límite, ó así quería creerlo y nunca había encontrado en toda su carrera un motivo lo suficientemente peligroso para emitir un informe negativo en ninguna de sus inspecciones, ya se tratase de un tipo de planta química, eléctrica ó nuclear, en una planta nuclear la hubiese llevado al cierre de la misma, pero siempre había una salida, como una parada de seis meses para reparar el reactor, o arreglar la grieta del vaso. Todo eran intereses económicos, cerrar una planta, ó una central suponía unas pérdidas millonarias para la empresa. Un mínimo de peligro siempre existía en estas plantas, pero con los controles que se llevaban a cabo y las medidas de seguridad que se implantaban en ellas, era ínfimo la probabilidad de que acaeciese un suceso incontrolable, insignificante era esa probabilidad. Nula era la palabra, convencíase a si misma, Inés. La noche antes de partir hacia su destino, Inés estuvo haciendo el amor frenética y rabiosamente, como si fuese la última vez , lo cierto era que en dos meses no le volvería a ver, ese era el periodo normalmente establecido para aclarar los extraños detalles y sucesos que conllevaba su trabajo de investigadora fuera de su hogar, fuera de la metrópoli donde vivía. ¡ Pero que diablos ¡ , le pagaban cinco veces más cada vez que tenía que estar fuera tanto tiempo y por un trabajo que ella adoraba, y casi siempre, de forma generalizada, había sus donativos, sus óbolos en forma de dinero negro que llegaba a sus bolsillos procedentes de las empresas inspeccionadas para que hiciera la vista gorda en algún detallito sin la menor importancia, intranscendentes para la seguridad.
Esa noche, sin saberlo, en su interior se estaba gestando una nueva vida.
Cuando llegó al pueblo, en su cuerpo ya se había formado y diferenciado el zigoto, la célula resultante de la fusión de dos gametos, el óvulo y el espermatozoide, uno de sus óvulos se había fecundado y era tiempo para iniciar el desarrollo embrionario, el óvulo, con el material genético del espermatozoide empezaría a dividirse por mitosis en dos células, luego cuatro, ocho ., durante el proceso de la mitosis, dividida en cuatro fases, profase, metafase, anafase y telofase, la célula madre se divide en dos células hijas cada una de las cuales contiene el mismo numero y clase de cromosomas que poseía la progenitora, pues los cromosomas se forman por división longuitudinal de los que poseía la célula madre, cada una de ellas recibe por tanto la misma carga de cromosomas, pero si durante esa división de los cromosomas algo fallara por alguna extraña mutación o exposición a algún agente mutágeno o un simple error en la secuenciación y todo aquello estaba sucediendo mientras ella saludaba respetuosamente al director de la planta de tratamientos de isótopos y se inmiscuía en todo el laborioso trabajo que conllevaba la investigación de un posible malfuncionamiento de aquella planta.
Sus primeros informes decían que todo era normal, todas las medidas de seguridad eran correctas, todo transcurría dentro de los cauces dictados por la Comisión Nacional de Energía. Todos estaban limpios.
Ese mismo mes, al notar que no le había bajado la regla, Inés empezó a preocuparse seriamente.
¡Ahora no! ¡Aquí no! ¡Joder! ¡Aquí no!.
Nunca hubiese permitido, de haberlo podido decidir, el quedarse embarazada mientras investigaba en aquellos inocuos lugares, pero nunca exentos de un mínimo riesgo. Compró un test de embarazo en la farmacia y recordó aquella canción que hablaba, ¿como era?, ¿cómo rezaba la letra de aquella canción?, se preguntó Inés, algo así como cuando el predictor se viste de rosa . El test fue positivo. Estaba embarazada.
Inés renegó de si misma por haber cometido aquel error. Deseaba ser madre, pero decididamente no era aquel el sitio más apropiado para andar con un embrión en pleno desarrollo. Ya no había solución. No podía regodearse en sus problemas, darles vueltas y vueltas como una noria, rumiarlos como un herbívoro, ella no era así, Inés era de las mujeres que ante un problema se enfrentaba a él, le daba la cara y tiraba para adelante. Y ese adelante significaba seguir con su trabajo, acabarlo, poner más énfasis en sus mediciones y entregar un informe final. Y ese informe final llegó. No existía nada que contraviniese las normativas de seguridad. El nivel de radiación estaba incluso por debajo de los límites considerados como normales. Había alguna cosilla sin importancia que su informe no reflejó, y eso le reportó algún dinero extra. Su nivel de vida lo requería.
Inés estaba capacitada moralmente para emitir, dentro de ciertos márgenes que no superasen la ilegalidad o su propia conciencia, informes falsificados, ella decía que simplemente estaban maquillados, para que todo se ajustara a las normas, y eso fue lo que hizo en el último de ellos, maquillarlo levemente, algo nimio, sin importancia, que no repercutía sobre el medio ambiente, ni sobre la población, e Inés estaba capacitada para estas insignificancias burocráticas, pero sin embargo ella no estaba capacitada para interrumpir el progreso de un nuevo acontecimiento, por ello, cuando le informaron que su futuro hijo nacería con el Sindrome de Down y que podría abortar, ella dijo No. El mongolismo es una patología debida a una anormalidad cromosómica por triplicación del par 21, es decir, tenía tres cromosomas en vez de dos en el número 21, o por translocación y cuya causa bien podría ser E Inés pensó en su trabajo.
Su conciencia moral, ética y religiosa le impedían abortar, a pesar de estar entre una de las causas tipificadas como lícitas para hacerlo. Realmente era curioso como para ciertos aspectos de la vida somos tolerantes y para otros intolerantes. Difícil discernir.
Las manos le empezaron a temblar mientras sujetaba el vaso lleno de zumo de naranjas, para mitigar aquel movimiento buscó otro punto de apoyo, sus labios, acercó el borde del cristal a su boca y bebió a pequeños sorbos el anaranjado líquido. El vaso parecía haber recuperado algo de estabilidad. Ya no temblaba tanto en sus manos. Su primer maná de la mañana. Naranjas recién exprimidas. Le había echado una cucharada de azúcar y un chorrito de miel de la Alcarria, comprada a un vendedor ambulante que iba de puerta en puerta. El zumo sin edulcorar no le gustaba, estaba agrio y fuerte y ella siempre había sido la persona más golosa del mundo. Y dulce. Azucarada. Honey. Melosa y mimosa. Cuando retiró el vaso de sus labios, las manos volvieron a temblar. Lo depositó sobre la mesa y extendió sus dedos, mirándolos. Allí estaban, delante de sus ojos, con un memeíto rítmico y acompasado, eso la enfureció aun más. Entrecruzó los dedos y se dijo a sí misma que eso debía terminar.
Siempre que soñaba con mariposas su sueño se hacía pesadilla y arrastraba su fobia más allá de los límites que su realidad podía controlar. Demasiado patético. Más que miedo, era pavor, pánico, parálisis, una atonía plena de todos sus centros vitales, de su capacidad racional y de su intelecto.
Recordaba aquel día, con seis años, cuando empezó su miedo, ella jugaba en el jardín y su hermano perseguía insectos. Atrapó una mariposa blanca moteada con ribetes negros y muy ufano por la hazaña se sentó frente a ella y se la mostró, agarrándola por las alas, con sus dedos pequeños. María sonreía divertida. Era muy bonita y ella también quería tenerla, alargó su mano para cogerla, pero su hermano la retiró y en ese movimiento brusco, dos de sus cuatro alas se desgajaron de su cuerpo y quedaron aprisionadas entre los dedos de la mano del muchacho.
-¡Mira lo que has hecho¡ ¡Mira lo que has hecho¡ - le gritó- por tu culpa le he arrancado las alas. Ahora ya no me sirve para la colección que quería empezar. Toma, ¡Quédatela!.
Se la arrojó a la cara y se alejó a seguir persiguiendo juegos.
María notó el suave roce de unas patitas sobre su rostro y un aleteo blando y blanco y se asustó. Chilló. El insecto, sin poder volar, se había sujetado sobre su sonrosada mejilla y ella daba palmadas al aire para librarse de aquella cosa, que de ser bonita había pasado a ser una amenaza. Cuando logró zafarse del molesto bicho, aliviada, contempló como caía al suelo girando, con sólo un par de alas en su cuerpo, cual si formase parte de un remolino en descenso. Se alejó de ella dos pasos, pero al contemplar que permanecía inmóvil, indefensa, desarmada, volvió a acercarse y súbitamente la aplastó con su pie. Luego se quitó los zapatos y los arrojó lejos.
Hoy, después de veinte años, su fobia a las mariposas estaba grabada a sangre y fuego en sus sueños, en su vida. Hacía meses que no había sufrido un ataque como el de hoy, y estaba decidida a no volver a sufrirlo.
Cuando entró en el museo de Ciencias Naturales, preguntó por la sección de los lepidópteros y allá las vio. Detrás de una urna de cristal, clavadas con alfileres, con sus alas extendidas, una amplia colección de un muestrario heterogéneo y dispar, con un cartelito debajo glosando su nombre científico en latín. Y allí estaba ella. Su mariposa blanca aplastada bajo su zapato. La miraba desde dentro del cristal y sintió sus patitas arañando sus mejillas. Y sintió sus manos temblar y un sudor frio que le corría por la espalda y sus pies anclados al suelo que la impedían huir, y el insecto que se vengaba de ella, que se escurría sanguinolento bajo su zapato y trepaba por debajo de su pantalón, impelido por tan solo un par de alas, subiendo hacia arriba, clavando sus patitas cual garfios en su piel , rasgándola, y María soportaba aquel dolor imaginario por expiación al delito cometido hacía veinte años. Y ya la sentía trepar por su muslo y la sangre del artrópodo traspasar sus vaqueros y anegarlos con una mancha granate inventada por su febril imaginación. Apretó los dientes, apretó los labios, y cerró los ojos para no ver la sangre, pero no pudo cerrar los oídos al goteo de la sangre sobre el entarimado de madera. La notó subir hasta su cadera, llegar a la cintura, golpeando la corteza de su figura con aleteos de moribundo, sintiendo fluir un liquido por su epidermis, sangre de mariposa que en un hilillo manaba sobre su piel ensuciándola, ¿ó era acaso su propia sangre la que corría?. Ahora la sentía dando vueltas y vueltas en torno a su cintura, como aquella vez, cuando, desde su cara, caía al suelo girando sin la parte más apreciable de su anatomía, un par de sus alas. Y seguía dando y dando vueltas en torno a su cintura, chorreando hilillos de resentimiento y venganza.
- ¿Qué quieres? ¿Qué quieres de mí? le dijo en un susurro a su locura Acaso , acaso , ¿La libertad?
Sus manos desabotonaron la camisa a la altura de su cintura y un precioso insecto revoloteó hasta sus mejillas, clavó sus patitas en ella y siguió subiendo, escalando. María cerró sus ojos cuando la sintió anclada al borde de sus pestañas y luego un ruidito, la trompa de la mariposa desenrollándose y metiéndose por debajo de su párpado, palpando su pupila
Cayó al suelo sin sentido.
Cuando salía del centro de salud, creyó oir una voz que la llamaba desde detrás del seto de aligustres. Se asomó. Allí estaba de nuevo su mariposa, pero esta vez era real, tenía los dos pares de alas intactas y se estaba debatiendo entre la maraña que formaban los hilos de una trampa perfecta, de una inmensa tela de araña. Pensó en huir, dio dos pasos hacia atrás, como aquel día, pero al verla allí, indefensa, desarmada, víctima, se acercó y súbitamente rompió aquella fina tela, con cuidado deshizo el enredo y la mariposa quedo libre, revoloteó un par de veces en torno de su excarceladora, como si estuviese dándole las gracias, María la sonrió, y se fue alejando con aleteos zigzageantes, hasta desaparecer. Había dejado de tener fobia a las mariposas.
Cuando intentó desembarazares de los restos de tela de araña pegados en sus dedos, notó unas patitas correteando por ellas y fue cuando la vio, una pataslargas subía por su brazo, escapando de un peligro inminente. María se la sacudió de encima con un manotazo y la vio corretear por el suelo a marchas forzadas. Al pasar junto a su pie, ella lo levantó para dejarlo seguidamente caer con fuerza.
El verano estaba empezando a declinar, los inmensos campos de girasoles, amarillos, se estaban marchitando y ella tenía que partir, dejarlos atrás, volver a su hogar, abandonarlos. Sentí que todo se marchitaba al verla partir, un adiós, un para siempre, un hasta luego, un nos vemos, un pásatelo bien, un diviértete, un se feliz, un besito, un abrazo, un suspiro. Y un agitar de manos, cual aspas de molino al viento, de despedida, mientras el tren partía jodidamente puntual, sin compasión, ¡maldita sea!, inmisericorde a los sentimientos. Y en un batir de alas de mariposa, ella desapareció, se desvaneció en la niebla que envolvía el presente. Un te quiero en silencio, bajito, lanzado inconscientemente al aire de la mañana, cuando la bruma ya no le permitía ver nada, cuando la lejanía no le permitía a ella escucharle, le hizo sonrojar, cuando otra mujer que no era ella y pasaba a su lado por el andén de la estación, le oía pronunciar aquellas dos palabras dirigidas al vacío, a un tren que se alejaba y se volvió para mostrarle una sonrisa en sus labios de complicidad y comprensión al verle rodar unas lágrimas por sus mejillas. Volvería a buscarte, a sentir tu mirada satinada de esperanzas e ilusiones, de risas, de vida. ¿Mañana? . No. ¿Por qué me esfuerzo en engañarme? . ¿Por qué? . Cuando los girasoles se marchitan ya no buscan los rayos del sol. Te veré en fotos amarillas, en recuerdos compartidos. Tal vez el próximo verano. Donde estés estoy contigo.
Siempre te recordaré como en aquella tarde de verano, paseando junto a los girasoles. Era un luminoso día, radiante, caluroso, veraniego, y durante el paseo que ascendía desde la casa al campo cultivado iba contemplando tu belleza, tu animosidad, tu charla familiar, tu vitalidad. El calor se iba mitigando mientras aparecían unas nubes tenues en el cielo que no llegaban a tapar el sol. No sé si tú recordarás nuestras risas bajo la débil lluvia que dejó caer esa nube de verano, yo jamás las podré olvidar, tu delirio lleno de frenesí, tu excitación, tu locura, la espontaneidad hecha arrebato, hecha júbilo, cuando empezaste a dar vueltas sobre ti misma con los brazos extendidos, danzando, danzando, danzando, extendiendo los brazos en cruz, girando, girando, girando, mirando hacia arriba, hacia el cielo y cerrando los ojos, sintiendo la lluvia hecha rocío sobre tu piel, sintiendo como la lluvia acariciaba tu rostro, la lluvia te había hecho enloquecer de emoción, las gotas de agua resbalando, recibiendo su placentero cosquilleo, limpiando los poros, y al cerrar los ojos, volar, trasladarte al reino de los deleites sensuales, dando vueltas, insuflando tus pulmones del aire fresco, húmedo, que las gotas de lluvia nos proporcionaban. Y no podías parar, riendo enajenada, feliz, rodando, se te veía tan llena de alegría, tan espontanea e irresponsable, tan vivaracha, tan infantil y tan niña a pesar de tus treinta años. ¿Sabías que estaba lloviendo?. ¿Sabías que la lluvia envolvía tu cuerpo?. ¿Sabías que la gente corre a esconderse cuando llueve?. ¿Sabías que huye, desaparece y se escabulle?. Y sin embargo tú no, tú bailabas bajo la lluvia, insensata de tí, irreverente, desenfadada, y me alentaste a imitar tu juego exhortándome a danzar contigo, a bailotear al ritmo de tu voluntad, lo hiciste con tanta energía, que mi propia y sobria realidad se disipó, y te cogiste de mi mano y perdí mi compostura de adulto y regresé de nuevo a mi infancia, a esa época en la que no me importaba quedar empapado bajo la lluvia, sino que disfrutaba de ella, y chapoteaba en los charcos calándome hasta los huesos, manchándome de barro. ¡Que carajo! ¡Disfrutaba!. ¡Lo pasaba en grande! Así, desinhibidos, infantiles, sin complejos, desenfrenados, cogidos de una sola mano, con el otro brazo libre, extendido en sentido contrario, giramos el uno sobre el otro manteniéndonos en el mismo punto, nuestras manos entrelazadas formaban el centro de la circunferencia, y nuestros brazos eran los radios y dimos vueltas y vueltas cual remolino, uno en pos del otro, dos vueltas, tres vueltas, cuatro vueltas y al levantar los ojos a las nubes y sentir las gotas en mi rostro, sobre mis párpados cerrados, una sonrisa de placer se dibujó en mis labios, ¡ era tan agradable sentir el contacto de la lluvia en la piel de la cara, en aquella tarde calurosa¡, a la vez que mojaba nuestros cabellos, nuestra piel, nuestras ropas, y el calor sofocante del verano se diluía en frescura sobre nuestros cuerpos. El campo que nos rodeaba, entonces, empezó a moverse bajo nuestros pies, cada vez más insinuante, más vertiginosamente, y ya era imposible pararlo, imposible controlarlo, se movía solo, era el suelo el que se movía mientras tú y yo cogidos de una mano dábamos vueltas, como un carrusel de feria, como un tiovivo, empezaba a comprender lo que sentían mis tubos de ensayo cuando giraban en la centrifugadora del laboratorio. Como si tuviera vida propia andarina , los girasoles corrían de izquierda a derecha repetitiva e interminable, amarilleando, y mi mano se sujetaba a la tuya tenazmente para no caer, mientras desafiábamos a la fuerza cinética que nos empujaba hacia el exterior, desafiando a la fuerza de la energía cinética que nos pretendía separar e impeler hacia afuera, y la lluvia caía hacia arriba y ambos gritamos como dos energúmenos, como dos poseídos, endemoniados, el aire salía con tanta fuerza de nuestros pulmones y los gritos eran tan estridentes, -no recuerdo haber gritado nunca así, salvo en un concierto de música y ni siquiera entonces-, que de haberlo repetido en la ciudad hubiésemos terminado envueltos en dos camisas de fuerzas y encerrados para siempre en un psiquiátrico, porque eso era lo que parecíamos allá, los dos locos más locos que encontrarse uno haya, en mitad del camino que envolvían los campos de girasoles que se extendían a derecha y a izquierda, y el agua resbaló por nuestras gargantas, humedeció nuestros labios, lavó el sudor de nuestros cuerpos, resbaló por nuestra piel caliente, enfriándola, evaporando todos los prejuicios, y cuando el mundo ya no quería parar de girar, no nos obedecía, se había revelado ante nuestra autoridad, nos había faltado al respeto, campaba por su fueros, se había vuelto desequilibrado y no dejaba de dar vueltas y giros a nuestro alrededor, me estaba empezando a marear, y tú también, y los girasoles parecían haber cobrado vida, haber desenterrado sus raíces, que convertidas en piernas utilizaban para correr a nuestro alrededor en una carrera sin fin, tú, como una bailarina de ballet, te enroscaste sobre ti misma, te fuiste enroscando sobre tu brazo y luego sobre el mío y nuestros cuerpos se fundieron en un abrazo bajo la lluvia y allí sentí por primera vez, bajo los efluvios del mareo, tu piel palpitante, jadeante, tu corazón latiendo inmoralmente cerca del mío, y un temblor no debido al mareo recorrió todo mi ser, aquello duró un suspiro, un segundo, un instante, pues ambos cuerpos perdimos el equilibrio y rodamos por el suelo, sobre el manto de hierba y hojarasca crepitante, relucientemente salpicada de gotitas de lluvia y volví de nuevo a sentí tu cuerpo, tu piel, tu contacto, el mundo dando vueltas, el agua, tus gritos entusiastas y divertidos, mi corazón latiendo mareado, mi cerebro volteando, desmayado, mareado. Tus risas. Tu cansancio. Tu jadeo. El dolor de la caída. El no querer soltarte. Tu mirada y desvarío, y al final del juego, al final de nuestra travesura, de aquella locura, al final del desenlace, ese darse cuenta, esa caída a la realidad, ese despertar y ver que nuestros cuerpos yacían enredados, pegados cual hiedra a la pared. Allí, a tu lado, cerré los ojos en un relámpago, y al abrirlos, seguías dando vueltas, vueltas, el agua caía hacia arriba y no podía físicamente soltarte porque te escaparías rodando, por el efecto del mareo, y tú también te agarrabas a mi con manos y brazos de hierro, en un asfixiante apretón, en un no querer soltarte, pero al parar la tierra de dar vueltas a mi alrededor y quedarte quieta en mi realidad, pudiendo soltarte, zafarme de ti, no quería hacerlo, no deseaba hacerlo. Tus ojos se cerraron. Yo y el mundo seguíamos girando aún para ti. Los besé. Besé voluptuosa y lujuriosamente tus párpados. Los abriste al sentir el contacto y sonreíste. Te soltaste de mis brazos, aún levemente mareada, empujándome y te pusiste de pié de un salto, de un brinco. Me tendiste la mano para izarme del suelo, para ayudar a levantarme y luego escapaste nuevamente, trotando cual yegua encabritada. Ese día que jugando, te tuve entre mis brazos, me enamoré de ti sin quererlo. Un amor prohibido. Todavía con una sonrisa extasiada en tus labios, contemplabas eufórica el Arco Iris, que se perdía tras los campos de girasoles, ¡Es precioso! ¡Maravilloso! , y volviste a dar vueltas sobre ti, nuevamente con los brazos extendidos en cruz, mirando los colores del recién nacido arco celeste. ¡Estás loca!. ¡Para! . ¡Ya no llueve!. ¡Te vas a volver a marear! Y cuando paraste, y el mundo dejó de dar vueltas a tu alrededor, me dijiste que habías visto al cielo sonreír en siete colores, te había atrapado, se había diluido y lo habías usado de tobogán resbalando sobre él en un dejarte ir. Decididamente loca. Cogiste mi mano y me hiciste girar, obligándome a danzar de nuevo, luego la cintura, cada vez más y más rápido y te oí decir. Ahora mira al cielo. Y era cierto, el arco iris también giraba y daba vueltas conmigo transformándose de convexo a cóncavo, de arco a sonrisa de colores y besaba los girasoles fundiéndose con ellos. El cielo sonreía en colores. Fue la primera vez que vi sonreír al cielo. Dibujando unos labios de colores. Fue la primera vez que vi girasoles bailar. Azul, amarillo, gris y verde y una sonrisa que lo abarcaba todo, amplia, quimérica, profunda, enamorada.
Cuando atravesamos el umbral de casa, tu hermana nos regañó a los dos por el lamentable estado en que habíamos regresado. Yo, por defenderte, me declaré culpable, culpable por haber querido enseñarte los campos de girasoles, culpable por haberte llevado por aquella resbaladiza pendiente, donde el agua nos hizo resbalar y rodar por el suelo, mintiendo, y a ello era debido el penoso estado de suciedad, cardenales, golpetones y algún que otro desgarrón en la ropa, pero ella, tu hermana, claro, no me creyó. Arguyó muy convencida y jocosamente divertida que la culpable definitivamente eras tú, que yo era demasiado prudente, demasiado sensato, demasiado adulto para todo aquello y que no me dejara manipular por esa criatura, que eras tú, que estás peor que un cencerro, que eres una locuela, vividora endemoniada. Y esos girasoles que orgullosos se erguían hacia el cielo en el verano, ahora, al partir tú, han empezado a marchitar, han doblado sus cabezas bajo el peso y ya no giran con el sol, no dan vueltas, no bailan, se marchitan. No sonríen. El cielo ya no sonríe, el campo ya no da vueltas, el arco iris ya no se forma. Todo ha vuelto a la normalidad.
- ¿Crees que mi hermana es feliz en la ciudad con su marido? Me preguntó mi mujer Cuando llegó a visitarnos hace quince días, se la veía triste y algo melancólica, creo que le ha sentado bien el aire del campo, la he visto ir mejorando y volviendo a ser la de siempre, alegre y feliz, creo que deberíamos convencerla para que pasara más tiempo con nosotros.
Era un científico que un día dijo que lo había descubierto.
Después de haberse pasado toda su vida investigando, experimentando, viviendo encerrado, enclaustrado en su laboratorio durante horas, días, años, décadas enteras, rodeado de probetas, matrazes erlenmeyer, mecheros bunsen, tablas de electroforesis en agar, reactivos, placas de cultivos celulares, catalizadores, y mil utensilios y sustancias más, buscando el significado a la vida, el sentido de la misma, sin encontrarlo, sin ver nada más que trocitos microscópicos de materia eran capaces de multiplicarse en sus placas de cultivos formando colonias de células, que no eran más que visibles puntitos en su placa, había llegado a perder incluso el significado, la facultad, el porqué de su estancia en aquel local de experimentación.
Una pelota de golf entró por el estrecho ventanuco situado muy por encima de su cabeza, al que nunca se asomaba y por el que entraba la luz a la estancia, rebotando en los lugares más insospechados, rompiendo algún tubo de ensayo, volcando el mechero y yendo a terminar a los pies de un muy enfurecido científico, que sin reparar en los efectos de la pelota, la recogió y salió bufando de enojo en busca de una víctima a la que hacer pagar su osadía.
Era la primera vez en años que atravesaba la puerta de su caserón, todo que lo que necesitaba, hacía décadas que se lo proveía un ayudante y no veía necesidad ninguna de relacionarse con el exterior, un exterior que había cambiado, lo que antes eran campos improductivos llenos de maleza ahora era una zona deportiva verde primorosamente cuidada, a lo lejos, una niña y su padre, se acercaban. El científico apretó los puños y gruñó y sentose en los escalones de la entrada a esperarles , con una letanía de improperios en sus labios. Cuando ya estaban cerca de él, la niña se adelantó, le hizo una reverencia cual si ante un rey estuviese, le saludó graciosamente, y al verle que tenía la pelota en la mano, se le acercó más y le dio un beso en la mejilla. El científico perdió toda su compostura, todo su enfado, su mal humor se desvaneció, se disipó, se evaporó tras de aquel beso. La niña tomó la pelota de las manos del científico y salió corriendo hacia su padre, el cual se disculpó muy gentil y educadamente por su actitud, por ser un mal jugador de golf, por todos los posibles daños que le hubiesen podido causar. Y que no eran pocos, pues no más pronunciadas estas palabras un humo gris se coló por debajo de la puerta y unas explosiones a intervalos irregulares se dejaron oír en el interior del laboratorio. Estaba ardiendo. Y lo estuvo haciendo durante cinco horas más. Todo su esfuerzo había desaparecido, sus interminables horas de investigación, sus resultados plasmados en viejas hojas de papel, sus pequeños descubrimientos acerca del control de la multiplicación celular, sus hijos habían muerto, se habían suicidado ante sus propios ojos. La niña se le acercó, le tomó de la mano, y un estremecimiento recorrió todo su cuerpo al contacto con una piel, con una caricia humana.
Al día siguiente, cuando vinieron a buscarle, para llevárselo, les dijo que por fín lo había descubierto, que había encontrado lo que buscaba, después de tanto experimentar en su laboratorio, de tantos años buscando en vano, de tanta soledad, por azar, por la fatalidad de un accidente había hallado, inventado, lo que durante tanto tiempo buscó :
Era el afecto positivo e intenso hacia alguien o algo considerado fuente de bienestar mental o espiritual.
Era el AMOR, con mayúsculas.
Y por su bienestar mental, dos hombres con batas blancas, se lo llevaron enfundado en una camisa de fuerza camino del hospital psiquiátrico.
"El elefante quedaba sujeto por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo, un minúsculo pedazo de madera enterrado unos centímetros en la tierra. Capaz de arrancar un árbol con su fuerza, podría, arrancar la estaca y huir. ¿Qué lo mantiene ? ¿Por qué no huye? Alguien me explicó que no se escapaba porque estaba amaestrado. -Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan? El elefante del circo no se escapa porque ha estado atado a una estaca desde muy, muy pequeño. En aquel momento el elefantito empujó, tiró, sudó, tratando de soltarse. A pesar de todo su esfuerzo, no pudo. La estaca era fuerte para él. Se durmió agotado, y que al día siguiente volvió a probar, y también al otro y al que le seguía... Hasta que un día, un terrible día para su historia, aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante no se escapa porque cree -pobre- que NO PUEDE. Él tiene registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás... jamás... intentó poner a prueba su fuerza otra vez...
Jorge Bucay
Y continuando con su historia ...
El elefante encadenado II
... Y el Elefante, un día que el circo erraba nómadeando por tierras que le traían el recuerdo de su infancia, -porque él había nacido libre-, vagando en pos de las cuatro columnas de marfíl gris del templo que era su madre, escuchó a lo lejos el barruntar de su propia especie, de elefantes que vagaban en libertad, y recordó el imborrable recuerdo del estallido cuasi similar al trueno y como las columnas del templo materno se quebraban, el cuerpo se bamboleaba y se venía abajo como un ídolo con los pies de barro y una nube de polvo se levantó en la meseta cuando su madre cayó muerta al suelo de un disparo. Luego los tambores. Y a pesar de que el macho luchó por levantarla con sus colmillos de marfil, no pudo, y a pesar que el resto del grupo le ayudaba solidarios como una piña en torno del cadaver, ella no se movía. Luego la huida. Pero el elefantito no sabía correr. Y el circo fue su casa, su destino. Ahora, que regresaba a su hogar, al lugar donde había nacido, miraba a través de una pantalla la inmensidad de la meseta y olía el olor de la libertad allá fuera. Pero no podía. Un día oyó la llamada de una voz libre, cerca, con su emisor moviéndose tras la maleza y contestó con un saludo de elefante. Y en aquellos instantes olvidó la cadena que le aprisionaba una de sus patas y un ritual de llamadas, de palabras elefantinas, se establecieron a través de un canal de comunicación impersonal en cierto modo como era el del aire y el del viento que traían y llevaban sus rituales, sus palabras, sus bromas elefantinas, inclusive sus sentimientos. Aquella hembra mostrose interesada por la palabrería del elefante encadenado y cuando la hora bruja oscurecía el páramo, a través del aire, se contaban sus cuitas hasta las tantas en la madrugada, sin decir nada serio, pues a pesar de ser elefante, la vida era demasiado corta para no tomársela a broma, y eludir la realidad, y cuando se despedían lo hacían con un roce imaginario de trompas, de colmillos entrelazados en la lejanía . Cuando el día le mostraba la realidad, su pasado le atracaba cual ladrón, el alma. No podía. Unos hilos de seda le ataban. Una cadena le sujetaba a un mástil tan endeble que una hormiga hubiese podido soltar, pero él no era hormiga, era elefante amaestrado. Y el elefante hembra se acercó al circo, se puso a jugar con la pantera negra a la que pintaban de rosa, con el gran gato al que le ponían un parche para que sólo se le viese un ojo, el gato tuerto, con infinidad de ellos jugó, excepto con el elefante, que atado a una imaginaria estaca de madera, que realmente era aquello lo que le retenía, una imaginaria, un pasado, no había podido acercarse a jugar. Y el elefante encadenado no la vio partir de nuevo por que no la había visto ni tan siquiera llegar. No quedes conmigo si no puedes arrancarte la estaca del corazón. A través del aire, las palabras sonaron a melancolía, y le recordaron su impotencia y los sentimientos contradictorios se mezclaron cual azúcar en café y empezó a cuestionarse si realmente ...
Y el elefante se sentó a esperar a oír de nuevo la llamada aunque fuese en la lejanía y a través del canal del viento.
Se acabó. Lo siento. Yo ya no soy yo. Fuera. El mundo tendrá que oír mi voz, no importa que el verano esté acabando, no importa que ya pasó todo lo bueno, no importa que empiece a hacer frío, ni que alguna cana blanca tiña mi pelo. No importa que el sudor cubra mi cuerpo. No importa que una risa ingrata desmañada y embustera asome en tu jeta macilenta, no importa que tenga mucho miedo. Mañana saldré y me pelearé contigo. Y tú me oirás. Ya estoy cansado de guardar silencio. Ya estoy cansado de ser un rincón en una habitación revuelta de recuerdos, ya estoy cansado de guardar sueños. Y a pesar de mi cansancio de siglos infinitos acumulados, a pesar del miedo, a pesar del fatal destino, a pesar de tu mirada compasiva y extraña, a pesar de eso , iré a buscarte. No te he de encontrar a ti, ni a ti, pero al menos me encontraré a mí en el camino. Y morirme siendo yo mismo y no de hastío en un rincón sombrío sin ventana y mirarte desde arriba con orgullo y temblar cuando te vea, pero lucharé hasta envolverme en el manto de la vida, esa que escapa con el tiempo yendo siempre hacia delante y construyendo compañeras sentimentales de carne y hueso y no de sueños, no de sueños. Y me haré caminante de ciudades, de asfaltos que abrasan los pies, de garitos de neones, de músicas inaudibles , de mujeres de la calle con vestidos de lunares y risas infernales, de carnes trémulas mil veces manoseadas y asqueadas de tanto ser extraño insatisfecho de su ego masculino y brujulearé de puerta de bareto en bareto de mala muerte y escupiré mi rabia sobre el alféizar de la barra pidiendo una copa de más hasta que mi hígado no aguante y gritaré mi soledad en la noche y patearé tu puerta y golpearé con ira mi pecho desalmado inundando mi estúpida bomba roja en borbotones cuajados de hemoglobina para comprobar si realmente aun no se ha parado y abriré con un cuchillo mi costillas y destilaré el alcohol de mis venas para contar si es cierto que tengo taitantos glóbulos blancos. Pero no dejaré pasar de largo otra vez el autobús del 39, no lo haré. Y quizá un día te encuentre.
Por la inmensa estepa cerealista castellana, bajo un sol de justicia, un caminante recorre un camino pedregoso, polvoriento, en su mano derecha lleva un cayado, sobre el hombro una bota de vino, y una cantimplora de agua pende colgando de la cintura. Los campos amarillean de trigo a izquierda y derecha, y al frente todo un mundo de color pajizo se mueve alrededor del peregrino, inclusive el sol, la bola de fuego colgada en lo alto del cielo, parece querer robarle un pedazo del azul a la bóveda celeste, para transformarlo todo en una monotonía monocromáticamente dorada. De improviso, repentinamente, a sus espaldas, alguien le saluda, exclamando: -Hola- una palabra cortes y educada que le sobresalta y estremece por lo inesperado e imprevisible en aquellos dominios. Quien diantres osaría transitar por estos páramos, a no ser un agricultor, u otro peregrino, más los labradores siempre suelen franquear por estos lares guiando sus tractores, sus segadoras, cosechadoras, u otras máquinas similares, y el pueblo más cercano hace más de cuatro horas que lo dejó atrás.
- ¿Quién eres? Preguntó el peregrino a aquel ser con aspecto humano, pero que vestía ropajes de siglos atrás, como salidos de un atrezo teatral ó de película. - Soy Espejismo Le respondieron. - Creo que hoy me ha dado excesivamente el sol, y he bebido demasiado vino, no es posible, o eso, o estoy soñando Y el peregrino se pellizcó el brazo derecho para comprobar que aquello no era un sueño Tú, lo que quiera que seas, no eres real. Hace horas que no veo a nadie en el camino, debo de tener fiebre, estar enfermo o algo así, pero lo raro es que me encuentro bien, y te sigo viendo. - Claro que lo soy. Si no fuese real, tú no estarías hablando conmigo, ya te lo he dicho, soy Espejismo. - Los espejismos, queridísima cosa, seas lo que seas, son anomalías meteorológicas que provocan ilusiones ópticas debido a la refracción de los rayos luminosos por la atmósfera, y acontecen primordialmente en los desiertos, aunque no categóricamente en ellos, y, un punto muy importante, y por lo tanto, nada baladí, es que ellos ¡ No hablan ¡ ¡ No hablan ¡ - No importa como definas a los espejismos, mi culto e intelectual amigo, habrás de saber que yo soy Espejismo, un caballero del camino, y hablo, por lo tanto habrás de revisar tus conceptos mentales y lingüísticos, precisar claramente con razonamiento el significado de esa palabra. - Vale, mi imaginación está jugueteando, seguramente aburrida de ver siempre lo mismo, campos y mas campos de trigo, lo mejor será, que me olvide de estos últimos cinco minutos, siga mi camino, sin mirar hacia atrás y todo no será más que una anécdota en mi cuaderno de bitácora.
Y dicho y hecho, el caminante, sin volver la vista atrás, siguió su senda, silbando una canción, para ahuyentar cualquier sonido, y se sosegó por momentos, al cerciorarse que nada acontecía, y así, pasaron unos diez minutos más de caminata en los que nada ocurrió, al cabo de los cuales, se detuvo, un poco más cansado y sediento, vertió las últimas gotas de agua de la cantimplora que llevaba a la cintura, sobre sus resecos labios y prosiguió su marcha. A los pocos pasos, sintió unos golpes en el hombro izquierdo, sobresaltado, arrojó al suelo la cantimplora vacía, que aun llevaba en la mano, presto, se volvió y una ráfaga de arena y polvo le hizo instintivamente cerrar los ojos, sin haber visto absolutamente nada, volverse de espaldas para repeler y resguardarse de aquel remolino pulverulento que le cegaba y apenas le dejaba respirar, asombrosamente escuchó cascos de caballo pasando a su lado y ladridos de perro. Cuando abrió los ojos, el torbellino de arena había desaparecido, y una yegua de color acanelado, pardorrojizo, es decir, alazana, le miraba desde arriba, y un lanudo perro ovejero de grandes orejas, un cooker spaniel, le miraba desde abajo. - Hacen conmigo el camino- le informó una voz a su lado, con el mismo acento y deje de aquella que había escuchado diez minutos antes. - ¡ Otra vez tú ¡ protestó el peregrino ¡ No lo puedo creer ¡ ¡ Esto es inaudito ¡ . Ya te había olvidado y ahora no más te multiplicas por tres. Ay, ay, ay. Se lamentó irónica y escépticamente su interlocutor en plan burlónamente guasón e insólito - - Venía a decirte que no elijas el camino de la izquierda, pues no conduce a ninguna parte, perderás más de dos horas de viaje, y sólo hallarás un caserón abandonado con un parral vetusto con muchos frutos, pero aún inmaduros, y no te servirán para saciar la sed y deberás de nuevo volver a desandar el camino y al llegar al pueblo no encontrarás sitio para alojarte. Siento mucho que te hayamos asustado, ¿no te habrá entrado arena en los ojos?. Perdón, pero los cascos de los caballos levantan mucho polvo cuando galopan. Ahora, por nuestra culpa, tu cantimplora se ha caído y se ha derramado todo el agua, toma la mía, yo no la necesito. . - No quiero tu agua, y no se ha derramado, ya estaba vacía cuando se cayó al suelo arguyó el caminante visiblemente estupefacto, más que molesto y no necesito consejos de, de, de un espejismo. - No importa, ha sido culpa nuestra, ahora está toda ella polvorienta y sucia, te lo debemos Y le entregó su odre, lleno de agua. Y dirigiéndose al perro le dijo Venga, vámonos, orejas. - ¿Se llama orejas?. Es gracioso, aunque lo cierto es que le viene bien el nombre, - le espetó, mas relajado y en forma más amistosa- ¿para qué querrá un perro unas orejas tan grandes? - Para volar, peregrino, para volar contestole el caballero - debo seguir mi destino, más antes de despedirme solo tres palabras, cuida tu corazón. - Mi corazón está fuerte, no le pasa nada, nunca ha estado mejor gritó el caminante con inquina y enojo, dejando atrás su talante amistoso - no me asusto tan fácilmente de un fantasmón por mucho caballo y perro volador que le acompañen. - Cuida tu corazón, en el camino, peregrino, cuida tu corazón, porque lo perderás, perderás tu corazón en el camino sentenció muy seria y dignamente el caballero, ignorando las enrabietadas palabras de aquel -
Espejismo se montó en su yegua y al trote emprendió la marcha, el cooker spaniel, ladrando, movió las orejas, las batió y se elevó en el aire tras sus acompañantes, voló y voló hasta que los tres se perdieron de vista.
El peregrino sintió un escalofrío y se le erizaron los pelos. Todavía no era su hora, claro que no. No, va, patrañas, alucinaciones del vino, del sol, quizás de la fiebre, y se palpó la frente.
Olvídalo todo y sigue, se dijo. .
Al llegar a la bifurcación, vislumbró el rótulo de una inscripción que rezaba: paisaje pintoresco. Y el peregrino tomó el camino de la izquierda, sin hacer caso a la advertencia de su ilusión. Sólo encontró un caserón vacío con una parra llena de uvas y un barranco, tuvo que volverse. Cuando llegó al pueblo, no le fue fácil encontrar sitio donde hospedarse, en todos le indicaban que de haber llegado una hora antes, habrían podido disponer de algún huequecillo. Al fin, después de mucho preguntar, alguien le indicó que podría alojarse en el refugio y hacia allá fue, en la entrada vio un letrero que indicaba, refugió de los peregrinos del camino de Santiago, al entrar, justo de frente, colgaba una pintura sobre un lienzo de un caballero en una yegua alazana, acompañado de un perro de largas orejas que levitaba y bajo el cuadro, leyó la leyenda, Caballero del Espejismo.. Preguntó por el cuadro y le contaron un cuento acerca de una leyenda, que precisa que es un guía del camino y de los peregrinos, y que muchos de ellos aseveran el haberlo visto, con yegua y perro volador, pero que nadie del pueblo, jamás de los jamases lo habían visto, pero ellos no eran peregrinos compostelanos.
Partió al día siguiente del pueblo y a dos días de camino, encontrose a una mujer sentada en una piedra, tomando pan y queso, pasó a su lado, saludó cortésmente, deteniéndose al escuchar que le requerían con estas palabras, ¿no queréis compartir conmigo un trozo de pan y queso? Se sentó al lado de aquella mujer, que no era alta ni baja, fea ni guapa, gorda ni flaca, joven ni vieja, rubia ni morena, pero era como él, otro peregrino camino de Santiago.
Y mientras compartían el pan y el queso, hablaron de su peregrinación y el caminante le narró la ilógica historia del caballero del espejismo, mientras ella guardaba silencio y tapaba sus labios con la mano, tras la cual se esbozaba una amplia y cómplice sonrisa, y no apenas hubo terminado de relatarle la advertencia sobre la pérdida de su corazón, la mujer emitió una estrepitosa carcajada, que continuó en el tiempo, lo que le hizo ponerse a la defensiva, enojarse por aquella absurda reacción, al fin y al cabo, había sido sincero, ella notó su irritación y enfado y le dijo que lo sentía, pero no podía dejar de reír, lo siento, lo siento, dijo entre risas más pausadas, no me río de usted. No. Yo le creo. Le juro que le creo, y le entiendo, el peregrino se sintió aliviado por esas palabras, si, por favor, déjeme, déjeme respirar y calmarme y le cuento.
Ella cesó en sus risas y prosiguió, Yo también le vi, tengo que decirle que creí que me estaba volviendo loca y lo aduje a tanta soledad del camino, cuando yo propiamente vi a ese caballero y a su perro, al perro que vuela, di un respingo tal que me hizo caer al suelo, él luego se portó muy afable, cordial, atento y encantador y a pesar de su extravagancia y superada mi angustia y miedo, alivió mi soledad y lo acepté sin extrañeza, aunque fuese por no más de cinco minutos, en que desapareció igual que vino, pero lo más insólito de todo es lo que me manifestó al despedirse, me aseveró que encontraría un corazón perdido en el camino.
Pelín Becqueriano me ha quedado. En Fin. Siempre habrá imitadores :)
El historiador depositó sobre la mesa uno de los libros que había extraído de entre la multitud de anaqueles que abarrotaban el interior del nuevo edificio del Segundo Depósito de la Biblioteca Nacional. La labor de catalogación e investigación de aquellos cientos de miles de libros no había hecho más que comenzar, una ruda y tediosa labor le aguardaba, cierto era que la mayoría ya tenían su propio índice e historial, pero los de aquella sección aun permanecían descatalogados e inéditos a ojos humanos contemporáneos. Tanto en el lomo como en la portada del libro se leía grabado en papel de oro Mi diario, lo abrió con delicadeza, en la primera página leyó a grandes letras y centralizado: Diario de M.T.R. A continuación pasó la página y notó como por cada una de ellas había un relato, por un día de la vida de M.T.R., una página escrita. Caligrafía tosca pero legible. Y el diario empezaba así:
21 de agosto de 1938: Barcelona. Las noticias que nos llegan del frente son contradictorias, aquí no hay lugar para el desánimo, estamos siendo arengados por nuestros superiores, nuestro sargento y el teniente nos gritan que la guerra ya está ganada, pero entre los soldados vemos como cada día los heridos y muertos son más numerosos, ahora los bombardeos suenan más cercanos y más fuertes.
25 de agosto de 1938: Por la Mañana. Ramón ha sido herido gravemente, sangraba mucho, trozos de metralla han acribillado su cuerpo, la bomba ha caído tan cerca que el ruido de la explosión ha debido perforar mis tímpanos, no oigo nada por el oído derecho, no oigo quejarse a Ramón, aún puede mantenerse en pie, arrastrándole, tirando de él, a veces ayudado por otro soldado, he conseguido llegar al hospital de campaña. Por la tarde. Hay más de treinta soldados y civiles repartidos sobre camastros mal adecentados, se huele y se ve el olor de la sangre, se palpa y se oye el quejido de los heridos. El capitán médico me ha retenido contraviniendo mis órdenes de volver, mis escasos conocimientos sanitarios le son imprescindibles. Mandará orden a mi compañía en tal sentido, diciendo que me toma bajo su mando. Aquí el trabajo es agotador. Ramón está esperando. Creo que se muere.
27 de agosto de 1938: La ayudante del cirujano más bonita del mundo me ha informando sucintamente del desarrollo de la intervención quirúrgica a Ramón, completamente vestida de verde, excepto la cofia en la que se recoge su pelo, me ha mirado azarosamente a los ojos. Se llama Raquel. Bajo los efectos de la anestesia, Ramón no ha podido superar la prueba, había perdido demasiado sangre. Le habían abierto una vía en el brazo para transfundirle sangre, pero todo ha sido en vano. Las heridas eran demasiado graves. Raquel me informa que una parada cardiaca y respiratoria ha acabado con su vida. Ella manifiesta más turbación al darme la noticia, que yo mismo al recibirla.
30 de agosto de 1938: Los heridos se acumulan por todas partes, los más leves yacen en el suelo, ya no hay camas para todos. Estoy aprendiendo rápidamente, al lado de Raquel, a tratar las heridas, a suministrar calmantes, a cortar hemorragias, a inyectar suero fisiológico, a trasladar a los enfermos, a hacer vendajes, a mantener todo lo higiénicamente posible este lugar, y sobre todo a hablar con ellos y preguntarles por sus amigos y familias, eso, según Raquel, es la mejor medicina.
3 de septiembre de 1938: Hace una semana que Raquel y yo compartimos realmente el horror de esta guerra civil. Ella es muy bonita. Creo que me estoy enamorando. Pero no hay realmente mucho tiempo para estas bobadas. Las medicinas están escaseando. El frente nacional avanza. Las noticias de los soldados heridos son desalentadoras, nuestro ejército está cansado y diezmado, no importa que las noticias desde el Gobierno en Barcelona, dirigido por Negrín sean positivas y manifiesten victoria tras victoria, eso no es cierto, eso es información para enardecer los ánimos de nuestros hombres, sé que desde la primavera, desde la batalla de Teruel, cuando los rebeldes tomaron la ciudad y empezaron a avanzar sobre el Mediterráneo, la zona controlada por nuestras fuerzas han quedado divididas en dos. Creo que estamos perdiendo la guerra.
9 de septiembre de 1938: Raquel y yo nos hemos besado en la intimidad de la noche. Te quiero. Eres lo único real de este irreal mundo. Cuando me miro en sus ojos olvido por un breve momento los uniformes manchados del rojo grana de la sangre y los gritos de dolor y veo lo afortunado que soy de tenerla a mi lado.
12 de septiembre de 1938: Curiosidades de la vida, escribo recostado sobre una colchoneta, soy uno más de los enfermos de este Hospital de Campaña, la fiebre me devora pero no dejo que se apodere de mí, hay mucho que hacer, me necesitan. Raquel está a mi lado, mimándome, y no se lo permito, hay montones de heridos a quien atender, esto pasará, solo necesito descansar un par de horas. Raquel está cada día más hermosa y yo más enamorado. Es omnipresente, incasable y siempre de buen humor, es el alma de este sitio. Llevamos tantas horas juntos, trabajando codo con codo, luchando, salvando vidas, curando, lavando heridas, que parece toda una vida entera, que no cambiaría por nada, ni tan siquiera cambiaría estos días a su lado porque la guerra terminase, ni tan siquiera por eso. Ya no entiendo mi vida sin Raquel.
15 de septiembre de 1938: Las noticias del frente son malas, nuestros hombres no aguantan las posiciones y retroceden hacia Barcelona, se habla de escaramuzas e incursiones, resuena mucho un nombre, la Batalla del Ebro, cada vez vemos pasar más gente en lo que parece una retirada sutilmente programada. Creo que nos hallamos batiendo en retirada. Estamos perdiendo la guerra. Y no tengo miedo de que alguien lea este diario, ya que me formarían un tribunal de guerra por estas palabras de derrota, pero es lo que siento y veo todos los días y Raquel comparte mi opinión y el capitán médico también.
18 de septiembre de 1938: Los nacionales están intensificando su fuego, las explosiones son continuas a nuestro lado, un obús perdido ha destrozado la escuela, ahora hay muchos niños muertos y los heridos comparten cama con soldados. Son tan pequeños e inocentes. Maldita guerra. Que termine de una vez. He visto derramar lágrimas a Raquel cuando llevaba en brazos el cuerpecito de una niña moribunda, pero se ha sobrepuesto. No hay lugar a sentimentalismos. Tenemos muchas vidas que atender. Hoy ha sido el peor día de todos. Había quince niños en la escuela, uno ha muerto en mis brazos. Maldita guerra. Maldita.
19 de septiembre: Si no descanso es por no pensar, si pienso en ese niño me derrumbaré. Si Raquel no estuviera a mi lado hubiese preferido estar en el frente que ver lo que ven mis ojos en este hospital. Gritos, alaridos, quejas, súplicas. Los calmantes se están suministrando a los casos más graves, son racionados y esto parece un manicomio. Dormimos poco o nada. Tenemos poco tiempo para estar juntos, pero son momentos muy intensos.
22 de septiembre de 1938: Los nacionales están a las puertas, hemos recibido orden de retirada. Los enfermos menos graves van sido desalojados en camiones militares.
23 de septiembre de 1938: Raquel y yo hemos celebrado una ritual e imaginaria ceremonia. Nos hemos casado. El capitán médico ha sido nuestro ordenante. Hemos hecho el amor. ¿Volveré a verla? . Te quiero, Raquel, te quiero.
24 de septiembre de 1938: La he visto por última vez, alejándose en un camión, el último que ha partido hoy, secando el sudor de la frente de un herido. Tan solo quedan los heridos que no pueden ser trasladados. Carros de combate, tanquetas, soldados a pie y milicianos pasan en retirada, siguen llegando heridos muy graves.
2 de octubre de 1938: Seguimos aquí, desde que Raquel se fue no he vuelto a escribir. Siguen pasando tropas en retirada, estamos huyendo. Ya nada evitará que esta guerra termine y la hemos perdido. Cataluña se está rindiendo. Aún resistimos, pero mi pesimismo, sin Raquel a mi lado es cada vez mayor.
15 de octubre de 1938: Muchas cosas han pasado. Formo parte del convoy que se retira hacia Barcelona, el hospital ha dejado de ser un hospital militar de campaña y ha quedado en manos de civiles, estamos a las puertas de la ciudad. He buscado a Raquel por todas partes. Imposible. Esto es el caos, ya no hay ejército organizado, ya no hay nada. Filas de personas nos retiramos hacía la frontera. Barcelona no resistirá muchos días, los suficientes para permitir que alcancemos Francia. Busco desesperadamente entre las filas a Raquel, en cualquier lugar donde parece encontrarse un centro de heridos, pero no hay pistas. Aun tengo muchas esperanzas de encontrarla y empezar una vida nueva juntos fuera de mi patria, fuera de mi España.
1 de diciembre de 1938: No se el porqué aun conservo este diario, has estado perdido entre mis ropas y eso te ha librado de la destrucción. Me engaño a mi mismo, aún sigues aquí porque cuando te releo veo a Raquel a mi lado, los momentos vividos juntos en el Hospital de Campaña, los momentos vividos a tu lado Raquel, son lo único que tengo, lo demás ya está perdido, y es lo único que me consuela en estos días de tan intenso frío. ¿Cuántas veces no me habré sentido tentado a arrojarte al fuego para calentarnos?. Estamos cruzando los Pirineos, pronto alcanzaremos el exilio, puede que sea peor que la muerte.
28 de enero de 1939 : Estamos en una especie de campamento de refugiados en el sur de Francia, en estos días me he movido mucho por todas partes, buscando, preguntado. Nadie sabe nada de Raquel. Las noticias que llegan de España dicen que Barcelona ha caído. Pronto caerá España entera. Raquel, Raquel, Raquel. Te extraño tanto.
5 de abril de 1939: Hoy he vuelto a ti para escribir mi último episodio, mi último capítulo de este diario.. Han pasado dos meses desde la última vez y raramente aún te conservo. Los partes de guerra que nos llegan dicen que Madrid capituló ante el enemigo a finales de marzo y unos días después el último bastión que nos quedaba, Valencia. España se ha perdido para siempre. ¿Habré pérdido para siempre a Raquel?. La situación en el sur de Francia es complicada, las esperanzas de encontrar aquí a Raquel son practicamente nulas, ya no tengo lugar donde no haya buscado o preguntando. He tenido conocimiento de que mucha gente ha partido en barcos hacia América, hacia Argentina. Es mi única esperanza de encontrarla.
El historiador pasó delicadamente la penúltima página escrita del diario y leyó en la última las siguientes palabras, en caligrafía doble y rotulada. : Hemos perdido la Guerra. Te quiero Raquel. Dejo el libro sobre el anaquel y continuó con su labor de investigación. Al día siguiente, uno de sus ayudantes, portando un ordenador portátil, transcribía letra por letra el contenido de aquel diario a su disco duro y de este a papel impreso. Ahora comenzaba una labor detectivesca por registros, partes de guerra, noticias amarillentas, partes de defunción, exiliados, memoria del olvidado pasado. Realmente algo mucho más intrincado y enrevesado que la investigación en una biblioteca, aunque aquella labor no la iba a realizar el historiador, sino algún que otro amigo periodista con el que trabaja como colaborador y a quien también le interesó la historia. Y algún tiempo después, tras ímprobos esfuerzos y pesquisas no carentes de dificultades periodisticas se publicó una noticia en la portada de un diario que resumidamente decía:
Barcelona. 26 de Agosto de 2004 .Gracias a una labor encomiable de investigación ha sido posible reunir simbólicamente en una tumba del cementerio de nuestra ciudad, los restos de dos españoles. Un exiliado de la guerra civil, que murió en 1968 en Argentina, quien nunca dejó de buscar a una mujer llamada Raquel de la cual se hallaba enamorado, pero a la que nunca pudo encontrar, y a una joven enfermera que falleció en Barcelona a finales de 1940, el año siguiente a la finalización de nuestra guerra fratricida, depositando sobre su tumba un ramo de flores, el hijo de ambos, de 65 años de edad, quien fue concebido en plena postguerra, tres meses antes del fallecimiento de Raquel, su madre, y a quien le fue entregado por parte del director de la Biblioteca Nacional, una copia del diario personal de su padre y quien gracias a la labor periodística de este diario ha logrado encontrar el eslabón perdido de sus orígenes, de su familia